miércoles, 10 de febrero de 2016

Reflexión Corpus Christi

Miguel Villela OFS Honduras
 
Historia de la Solemnidad del Corpus Christi
La Solemnidad de Corpus Christi se remonta al siglo XIII. Dos eventos extraordinarios contribuyeron a la institución de la fiesta: Las visiones de Santa Juliana de Mont Cornillon y El milagro Eucarístico de Bolsena/Orvieto.
Urbano IV, amante de la Eucaristía, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por protestantes.
El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios obispos, hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula "Transiturus" del 8 septiembre del mismo año, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés y otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.
Luego, según algunos biógrafos, el Papa Urbano IV encargó un oficio -la liturgia de las horas- a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino; cuando el Pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio hecho por Santo Tomás, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos.
El Papa Urbano IV, por aquél entonces, tenía la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma. Muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, donde en 1263 o 1264 se produjo el Milagro de Bolsena: un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales -donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa- en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.
La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306. El Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.
Origen de la fiesta.
A fines del siglo XIII surgió en Lieja, Bélgica, un Movimiento Eucarístico cuyo centro fue la Abadía de Cornillón fundada en 1124 por el Obispo Albero de Lieja. Este movimiento dio origen a varias costumbres eucarísticas, como por ejemplo la Exposición y Bendición con el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas durante la elevación en la Misa y la fiesta del Corpus Christi.
Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquellos años priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta Fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.
Desde joven, Santa Juliana tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre anhelaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haber intensificado por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.
Juliana comunicó estas apariciones a Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV.
El obispo Roberto se impresionó favorablemente y, como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; al mismo tiempo el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan escribiera el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.
Mons. Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez al año siguiente el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad. Más tarde un obispo alemán conoció la costumbre y la extendió por toda la actual Alemania.
Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV, y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.
Finalmente, el Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
En el concilio del Vienne de 1311, Clemente V dará las normas para regular el cortejo procesional en el interior de los templos, e incluso indicará el lugar que debieran ocupar las autoridades que quisieran añadirse al desfile.
Mil trescientos dieciséis será el año en que Juan XXII introduce la Octava y exposición del Santísimo Sacramento. Pero el gran espaldarazo vendrá dado con Nicolás V, cuando en la festividad del "Corpus Christi" del año 1447 sale procesionalmente con la Hostia Santa por las calles de Roma.
Esta fiesta conmemora la institución de la Santa Eucaristía el Jueves Santo con el fin de tributarle a la Eucaristía un culto público y solemne de adoración, amor y gratitud. Por eso se celebraba en la Iglesia Latina el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.
«Mi carne es verdadera comida,
Y mi Sangre verdadera bebida;
El que come mi Carne, y bebe mi Sangre,
En Mí mora, y Yo en él.» 
(Jn 6, 56-57)
 
 El Espíritu Santo después del dogma de la Trinidad nos recuerda el de la Encarnación, haciéndonos festejar con la Iglesia al Sacramento por excelencia, que, sintetizando la vida toda del Salvador, tributa a Dios gloria infinita, y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos  extraordinarios de la Redención.  Si Jesucristo en la cruz nos salvó, al instituir la Eucaristía la víspera de su muerte, quiso en ella dejarnos un vivo recuerdo de la Pasión. El altar viene siendo como la prolongación del Calvario, y la misa anuncia la muerte del Señor. Porque en efecto, allí está Jesús como una víctima, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en Su Sangre, de manera que, ofrece a su Padre, en unión con sus sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la Cruz.
 La Hostia santa se convierte en «trigo que nutre nuestras almas». Como Cristo al ser hecho Hijo de recibió la vida eterna del Padre, los cristianos participan de Su eterna vida uniéndose a Jesús en el Sacramento, que es el símbolo más sublime, real y concreto de la unidad con la Víctima del Calvario.
 Esta posesión anticipada de la vida divina acá en la tierra por medio de la Eucaristía, es prenda y comienzo de aquella otra de que plenamente disfrutaremos en el Cielo, porque «el Pan mismo de los ángeles, que ahora comemos bajo los sagrados velos, lo conmemoraremos después en el Cielo ya sin velos» (Concilio de Trento).
 Veamos en la Santa Misa el centro de todo culto de la Iglesia a la Eucaristía, y en la Comunión el medio establecido por Jesús mismo, para que con mayor plenitud participemos de ese divino Sacrificio; y así, nuestra devoción al Cuerpo y Sangre del Salvador nos alcanzará los frutos perennes de su Redención.
 


Adoración Eucarística

Miguel Villela OFS Honduras
 
ORACIÓN Y ACCIÓN DE GRACIAS A DIOS UNO Y TRINO
(El Greco, "La Trinidad", y San Francisco, Rnb 23)
.  Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey del cielo y de la tierra, por ti mismo te damos gracias, porque, por tu santa voluntad y por tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos pusiste en el paraíso. Y nosotros caímos por nuestra culpa.
Y te damos gracias porque, así como por tu Hijo nos creaste, así, por tu santo amor con el que nos amaste, hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte.
Y te damos gracias porque ese mismo Hijo tuyo vendrá en la gloria de su majestad a enviar al fuego eterno a los que no hicieron penitencia y no te conocieron, y a decir a todos los que te conocieron y adoraron y te sirvieron en penitencia: –Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que os está preparado desde el origen del mundo.
«Contemplad al Señor y quedaréis radiantes» (Sal 33,6).
Oh sumo Dios y Sumo Bien.
Gracias por concederme el privilegio de estar ante ti, hoy en esta noche.
Gracias por tu presencia siempre viva en nuestra iglesia, gracias por tu amor y por tu misericordia.
Quien soy yo Señor, Mi Dios y mi todo, para estar ante ti, para hablarte, para amarte y para adorarte.
Quien soy yo Señor, sino tan solo un pobre pecador.
Una persona que dice que te ama, pero que no es constante en la oración a ti.
Una persona que te necesita, pero que muchas veces se le olvida que Tú estas siempre ahí, esperando la visita.
Una persona que dice que se haga Tu voluntad, pero que continuamente se le olvida alimentarse con tu palabra.
Una persona que Te menciona constantemente, pero que es incapaz de verte reflejado en las personas que me rodean.
Una persona que dice que te ama, pero que la mayoría de las veces es incapaz de sacrificarse por otro.
Quien soy yo Señor, sino una pobre vasija, deseando que tu mi alfarero, me deshaga y me edifique nuevamente.
Sin ti soy nada Señor, sin ti, solo existe un vacío, soy tu hijo Señor, aquel hijo prodigo que se va y que vuelve, aquel hijo que siempre regresa al padre con la cabeza baja requiriendo y necesitando reconciliarse.
Que fácil sería la vida Señor, si nos dejáramos guiar por ti, si siguiéramos tu palabra y tus mandatos, pero que débiles somos Señor, muchas veces te cambiamos por nada, muchas veces dejamos que el pecado cubra nuestro cuerpo y no hacemos nada.
Que hijos tan ingratos tienes Señor, si tan solo pudiéramos abrirnos a tu amor, si tan solo pudiéramos renunciar a lo que te desagrada, si tan solo fuésemos capaces de entregarnos por ti Mi Señor.
Oh hermano Francisco, hoy acudimos a ti, para que nos enseñes a amar a Nuestro Señor, para que podamos entregarnos y deleitarnos ante su presencia en el santísimo sacramento del altar.
Y junto a ti le preguntamos, que puedo hacer Señor, que quieres que haga.
Y dirigimos esta hermosa Alabanza que Él te inspiró:
 
Alabanzas al Dios Altísimo
Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas (Sal 76,15).
Tú eres fuerte, tú eres grande (cf. Sal 85,10), tú eres altísimo, tú eres rey omnipotente, tú, Padre santo (Jn 17,11), rey del cielo y de la tierra (cf. Mt 11,25).
Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses (cf. Sal 135,2), tú eres el bien, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero (cf. 1 Tes. 1,9).
Tú eres amor, caridad; tú eres sabiduría, tú eres humildad, tú eres paciencia (Sal 70,5), tú eres belleza, tú eres mansedumbre, tú eres seguridad, tú eres quietud, tú eres gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres justicia, tú eres templanza, tú eres toda nuestra riqueza a satisfacción.
Tú eres belleza, tú eres mansedumbre; tú eres protector (Sal 30,5), tú eres custodio y defensor nuestro; tú eres fortaleza (cf. Sal 42,2), tú eres refrigerio.
Tú eres esperanza nuestra, tú eres fe nuestra, tú eres caridad nuestra, tú eres toda dulzura nuestra, tú eres vida eterna nuestra: Grande y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso Salvador.
Oh hermano Francisco, enséñanos a dirigirnos a Nuestro Señor,
«Cuando recéis decid: "Padre nuestro" y
Te adoramos (Test. 5 y 1Cel. 45)
Te adoramos, ¡oh Cristo!,
En todas tus iglesias que hay en el mundo entero
Y te bendecimos,
Pues por tu santa cruz
Redimiste al mundo.
 
Que hermoso, Señor, cuán grande es tu misericordia, que prometiste estar siempre con nosotros.
Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los tiempos. (cf. Mt 28, 20)».
¡Oh hijos de los hombres!, ¿hasta cuándo seréis duros de corazón? (Sal 4,3). ¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (cf. Jn 9,35). Ved que diariamente se humilla (cf. Flp. 2,8), como cuando desde el trono real (Sab. 18,15) descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros Él mismo en humilde apariencia; diariamente desciende del seno del Padre al altar en manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan consagrado
Permítenos Señor, convencernos que esa promesa es real en cada sacrificio eucarístico, que al verte un día podamos deleitarnos y saborearnos como S. Buenaventura, en su Leyenda Mayor, cuando en la liturgia tenía que pronunciar el nombre del Señor, parecía que se lamiera los labios por la dulzura y suavidad. Quería que se honorase el nombre del Señor, no solamente en el pensamiento, sino también cuando se oyese o encontrase escrito.
Oh mi Señor cuanto nos amas, que conociendo nuestra naturaleza de pecado, continuamente nos presentas ejemplos de hombres y mujeres que han logrado la santidad, para que nosotros mismos no perdamos de vista el camino que nos conduce hacia ti.
Oh Señor ayúdanos, te lo pedimos como la cananea «acercándose se postró, diciendo: ¡Señor, ayúdame!» (Mt 15,25),  para que un día sin temor y con confianza podamos decir como dijo el Padre Pio poco antes de morir, todo está consumado en el servicio a mi Señor, luego de haber compartido el sacrificio de la cruz contigo durante 50 años, y todo por nuestros pecados.
Pero solo Señor aprendiendo a Adorarte a ti en la Eucaristía, lograremos hacer de nuestra vida «una ofrenda permanente para ti.
Y podamos decir como san Pablo: "estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo" (Gál. 2,19)» (Mediator Dei 101).
Y podamos ser dignos de recibir tu promesa «el que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54).
Y podamos decir junto con Francisco «El Señor me concedió... la gracia de conocerlo, de amarlo y  de servirlo».
Oración "absorbeat" (atribuida a San Francisco)
Te suplico, Señor,
Que la fuerza abrasadora de tu amor
Absorba de tal modo mi mente
Que la separe de todas las cosas que hay debajo del cielo,
Para que yo muera por amor de tu amor,
Ya que por amor de mi amor, tú te dignaste morir.
Señor, solo tú eres santo, solo tuyo es el honor y la gloria por siempre. Mi Dios Altísimo, mi sumo Bien.
 
 


Reflexión: San Francisco y los Estigmas

Miguel Villela OFS Honduras
 
 
Como nuestro Hermano Francisco decía antes de todo: ÉL Señor os dé la paz.
Tomando textos de San Buenaventura y de la primera vida escrita por Tomas de Celano, primer biógrafo de san Francisco, intentaré hacer una breve descripción de la vida de este hijo de Dios:
Nuestro Hermano Francisco, siervo de Dios, nació hacia el año de 1182 en la ciudad de Asís, Italia.
Este milagro se realiza en el monte Alverna, terreno donado a la fraternidad franciscana por el conde de Chiusi, ubicado en la actual provincia de Arezzo, alcanza una altura de 1,128 metros.
Lugar donde hoy se eleva la Iglesia de Santa María de los Ángeles.
Como llega Francisco a Alverna?  Su camino de preparación y penitencia para recibir el bien anhelado.
Palabras del hermano Francisco: Hijos míos se acerca nuestra cuaresma de San Miguel Arcángel y yo creo que es firmemente la voluntad de Dios que hagamos esta cuaresma en el monte Alverna, que nos ha sido preparado por providencia divina, para que, a honra y gloria de Dios, de la gloriosa Virgen María y de los santos ángeles, merezcamos de Cristo consagrar aquel monte bendito con la penitencia.
Durante todo el camino al monte Alverna, Francisco en compañía del hermano León, Maseo y Ángel Tancredi, pasaron muchas penitencias y dificultades pues como el mismo decía: no andaremos pensando en que comeremos ni donde dormiremos, sino que cuando llegué la hora de alejarnos, pediremos de limosna un poco de pan y nos quedaremos a reposar en el lugar que Dios nos depare.
También el hermano Francisco fue tentado por multitud de demonios que trataban de impedir que continuará su oración, incluso con maltratos físicos, pero no lo lograban porque Dios estaba con él.
Señor mío Jesucristo, te doy gracias por todo el amor y la caridad de que me haces objeto; ya que es señal de grande amor cuando El Señor castiga bien en este mundo a su siervo por todas sus faltas, para no tenerle que castigar en el otro.
Un día oró para que brotará agua y brotó agua de una piedra.
Cuando llego a Alverna una multitud de aves salieron a recibirlo y se posaron en todo su cuerpo: Yo creo que a Nuestro Señor Jesucristo le agrada que moremos en este monte.
Durante su estadía, el hermano Francisco dispuso retirarse a orar en un lugar solitario, así paso varios días; solo permitía que el hermano León lo visitará.
Este es el modo de vivir que he decidido para mí y para vosotros, permaneced abrazados a la dama pobreza, puesto que ya se acerca la hora de morir he dispuesto permanecer solo recogido en Dios.
Estando en ese lugar, entraba en éxtasis, gozando plenamente de su comunicación con Dios, el hermano León, relata que muchas veces se levantaba del suelo, flotando en el aire.
Un día observando las enormes grietas de las montañas, El Señor le reveló que esas grietas se produjeron el día de su crucifixión, Mt. 27,51 las piedras se resquebrajaron.
Conclusiones:
De la Vocación a la que fue llamado este Santo varón de Dios, podemos referirnos a lo siguiente:
1. El Hermano Francisco, partiendo de su débil humanidad, demostró una sensibilidad y docilidad a la escucha del llamado de Dios.
2. En su deseo de seguir las huellas de Nuestro Señor, vivió según la forma del evangelio:
Del evangelio a la vida y de la vida al evangelio. Esto es lo que siempre había  buscado.
4. La continua oración fue el camino que lo condujo a conocer la voluntad de Dios, ¿Señor que quieres que haga?
Me sé de memoria a mi Cristo pobre y Crucificado.
Hermanos, pidámosle a Nuestro Señor que nos conceda tan solo un poco de la humildad, confianza en Dios y en la Iglesia, amor, caridad y sed evangélica que nuestro Padre Seráfico San Francisco de Asís demostró a lo largo de su camino de conversión y salvación.
«El hombre de hoy necesita la fe, la esperanza y la caridad de Francisco; necesita la alegría que brota de la pobreza de espíritu, esto es, de una libertad interior». -Juan Pablo II, 11-II-03
ÉL Señor os dé la paz.


La Misa ¨El Cielo en la Tierra¨ Reflexiones sobre el libro de Scott Hahn

Miguel Villela OFS Honduras
  
 
El Amor y la  Misericordia de Dios con su pueblo es un tesoro que se ha hecho presente a través de miles de años de historia, de revelaciones y de manifestaciones que con el paso del tiempo, han sido confiadas al Magisterio de la Iglesia y transmitidas de generación en generación a través de la Sagrada Escritura, la Tradición Apostólica, las celebraciones litúrgicas y en los escritos de los santos padres de la iglesia.
 Muchas de esas riquezas descansan como ese tesoro escondido que nos revela el evangelio, dichoso aquel que lo descubra, inmediatamente correrá a vender todo lo que tiene para comprar el terreno donde se encuentra el  tesoro, si tan solo supiéramos donde se encuentra correríamos hacia Él. Los Cristianos de hoy en día debido a nuestra falta de formación, de nuestra ceguera frente a los misterios divinos y de nuestra falta de entrega en búsqueda de ese reino prometido, de esa Jerusalén Celestial  que vemos tan distante de nuestras vidas; aceptamos como posible lo imposible y negamos lo real y verdadero por considerarlo demasiado evidente.  Esta es la realidad del tiempo en que vivimos que no se difiere en nada al tiempo en que vino Nuestro Salvador, Nuestro Redentor, Nuestro Rey de Reyes; en ese tiempo la gente por estar a la espera de un Rey ostentoso, guerrero, fuerte, con poderes mágicos usados a diestra y siniestra, ignoraron y despreciaron la venida del Humilde Carpintero. Que sabiduría tienen esas frases que exclamaste antes de morir  Mi Señor  ¨Padre perdónalos porque ellos no saben lo que hacen¨.
Así nos pasa también a nosotros Mi Señor,  por no saber, por desconocer,  nos perdemos continuamente de tu presencia sacramental, puesta de manifiesto tan cerca de nosotros que para ser testigos de tu gloria solo debemos de salir de nuestra casa y caminar unos pasos hacia nuestra parroquia, para acompañarte como invitados a la celebración de tu boda, a comer de ese Cordero Pascual que quita el pecado del mundo, tu mismo llamas dichosos a los invitados a esta fiesta.
Durante la mayoría de años de mi vida, yo también como muchos desconocía e ignoraba mi desnutrición espiritual, al no alimentarme con Jesús Sacramentado, con ese pedacito de pan, ahora te doy gracias Mi Señor, porque a través de un sacerdote, a través de mi mejor amigo, pude conocerte en el Santísimo Sacramento del Altar, a través de su continua insistencia he ido aprendiendo a combatir y algunas veces vencer en mis luchas internas frente a la pereza, egoísmo, inconstancia, apatía, falta de compromiso, rebeldía, que continuamente me servían de pretexto para justificar no ir a misa, gracias Mi Señor porque a través de el he ido aprendiendo que solo aprendiendo a Amarte a ti podemos aprender a amar y comprender a los demás, y hoy aunque todavía no puedo recibirte sacramentalmente vivo con una sed y hambre de alimentarme con tu cuerpo y con tu sangre y es esta misma necesidad que finalmente ha dado sentido a mi vida y me invita a compartir lo poco que voy aprendiendo, lo que tu me vas enseñando con todos mis hermanos.
Hoy a pesar que el camino de conversión apenas empieza, puedo decir que he dejado de ser huérfano y gracias al apoyo de amigos y amigas que Dios ha puesto en mi camino, voy intentando de a poco ofrecer mi servicio a la construcción del reino a través de la integración y participación en comunidades, movimientos apostólicos y actividades que organiza nuestra parroquia.
 Un día alguien me pregunto que porque era católico y le respondí porque amo La Eucaristía y hoy más que nunca estoy seguro de la Presencia real de Nuestro Señor en La Eucaristía, en toda la celebración de la santa misa que por inspiración divina Juan Pablo II, la ha llamado ¨El Cielo en la Tierra¨, explicando que la liturgia que celebramos en la tierra es una misteriosa participación en la liturgia celestial, el Cielo baja a la tierra cada vez que se celebra la Eucaristía.
La Mayoría de teólogos después de muchos años de estudio y de interpretación de escritos, han concluido que La Biblia se vuelve incomprensible, pierde su sentido, si la separamos de la riqueza que encontramos en la liturgia de la misa, en la misa, cada lectura, cada palabra comienza a tener sentido y a tener vida porque eres tú Mi Señor quien te haces presente y te diriges a tu pueblo pronunciando las palabras contenidas en el antiguo y nuevo testamento.
En la misa, tenemos la oportunidad de presenciar la fiesta de bodas que describe San Juan en el libro de Apocalipsis, en la misa tenemos el privilegio de encontrarnos ante el trono celestial, donde Nuestro Señor Jesús es aclamado como El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La misa es el acto que sella la alianza de Dios con su pueblo, este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna.
En la misa presenciamos el sacrificio de Nuestro Señor, Nuestro Sumo Sacerdote, quien se ofrece en el altar y derrama su sangre por la salvación del mundo entero, quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna Jn 6,53.
En la misa presenciamos y vivimos de forma real, no imaginaria, no de un recuerdo, no de un rito, estamos ahí gozando junto con los apóstoles, del momento sagrado en que Nuestro Señor instituyó la Eucaristía en su ultima cena: Tomad y comed todos de Él, porque este es mi cuerpo que será entregado por vosotros, haced esto en conmemoración mía; Tomad y bebed todos de Él porque esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por ustedes y por todos para el perdón de los pecados, haced esto en conmemoración mía.
El Señor entra en el corazón de aquellos que lo pueden recibir en la hostia consagrada, en ese pedacito de pan al que se refiere con amor y necesidad una buena amiga con la que comparto mi vida; entra para después llevarlos a su corazón donde se hacen uno con Él.
San Ignacio de Antioquía al referirse a la Eucaristía, decía: Tened cuidado de solo tener una Eucaristía, pues solo hay una carne de Nuestro Señor Jesucristo y un cáliz para mostrar en adelante la unidad de su sangre.
San Justino Mártir expresaba: El alimento que se ha hecho Eucaristía por la oración de su Palabra y que nutre nuestra carne y sangre por asimilación, es la Carne y la Sangre de aquel  Jesús que se hizo carne.
Así que hermanos, los invito a que abramos nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón para que a partir de hoy reconozcamos que:
En la misa tenemos la presencia real de Nuestro Señor, puesta de manifiesto en la sagrada Hostia, en ella esta Jesús Sacramentado con su cuerpo y con su sangre, dispuesto a entregarse por nosotros.
En la misa tenemos la oportunidad de alabar con coros y cantos al Dios vivo en compañía de sus ángeles, santos y mártires, que bajan del cielo para unirse con nosotros en oración y alabanza a Nuestro Señor.
Ir a misa es ir al cielo, donde podemos compartir junto con todos nuestros seres queridos, los que están aquí y aquellos que ya se nos han adelantado.
Ir a misa es renovar nuestra alianza con Dios, en el banquete de bodas.
Ir a misa es recibir la plenitud de la gracia, pues recibimos a Dios dentro de nosotros mismos, dentro de nuestro corazón.
Cuando vamos a misa, llevamos con nosotros, nuestro trabajo profesional, la vida de familia, los sufrimientos y las alegrías, y todo esto se convierte en sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo, durante la celebración de la Eucaristía.
Debemos ir a misa con ojos y oídos, mente y corazón, abiertos a la verdad que se nos presenta delante, la verdad que se eleva como incienso y nos lleva al cielo ante la presencia de Nuestro Dios y Señor….., cierren sus ojos, pensemos en todo lo que hemos compartido, en todo lo que iremos aprendiendo a conocer, este es solo el inicio, esta es solo la invitación, esto es solo el toc, toc de Nuestro Señor sonando nuestras puertas.
Ahora los invito a que junto con los ángeles y arcángeles y con todos los coros Celestiales cantemos sin cesar el himno de Su gloria: Santo, Santo, Santo es El Señor.
 Cantemos: 
Si tú, el corazón abres
Y empiezas a alabar
Y sigues orando así vas a lograr
Que los ángeles suban
Y te lleven a Dios.
No sé, si la Iglesia subió
O el cielo bajo
Solo sé que está lleno
De ángeles de Dios
Porque el propio Dios esta aquí.
Que sintieron en su corazón y en su alma al cantar…….notan algo diferente, se dan cuenta que es un canto inspirado en cosas reales, no fantasías…….ahora me pueden decir donde, en que lugar ocurren todos estos eventos maravillosos…….., claro, desde luego que con seguridad podemos decir y gritar a los cuatro vientos que en la misa!!!
Así que,  aunque al ir a misa estemos tentados a distraernos y aburrirnos por los problemas de sonido, por homilías largas, por los gritos y llantos de niños inquietos, por las platicas interesantes de nuestros compañeros de banca, por la presencia de una persona que nos atrae o nos gusta, o simplemente porque hemos tenido un día pesado y lleno de problemas, no podemos ni debemos olvidar que en la misa tenemos la oportunidad única de vivir y compartir un momento propio de las celebraciones celestiales, donde podemos experimentar la Pasión de Nuestro Señor , adorarlo al pie de la cruz junto con Nuestra Madre María, los Ángeles y Santos y participar de su boda en el banquete celestial.


lunes, 8 de febrero de 2016

MI ENCUENTRO CON EL SANTISIMO SACRAMENTO (El testimonio de mi vida)

Miguel Villela OFS Honduras


MI ENCUENTRO CON EL SANTISIMO SACRAMENTO               

Antes de iniciar te invito a que juntos le demos gracias a Dios por nuestra vida, por nuestra familia, por nuestro trabajo; por todos esos pequeños detalles que en nuestro apresurado recorrer de nuestra vida, quizás nunca los hemos apreciado. Nuestro Señor, ese Dios lleno de amor y de misericordia, es un Dios dedicado y pendiente de cada una de nuestras necesidades. Él siempre nos brinda oportunidades para que aprendamos a conocerlo mejor; continuamente se nos presenta, nos habla, nos guía y nos aconseja; solo que la mayoría de las veces nuestros ruidos no nos permiten darnos cuenta de esa enorme dicha y riqueza. 
Pero no te asustes, es entendible!!!!, la mayoría de católicos concebimos un Dios mudo, sobrenatural, lejano, a quien recurrimos cada vez que estamos en aprietos o necesitamos algo; vivimos esperando manifestaciones y milagros espectaculares cuando ignoramos el milagro más grande que Nuestro Señor nos ha podido conceder: quedarse con nosotros al fin de los tiempos en el milagro del Santísimo Sacramento del Altar. Mt. 28,20. 
Muchos deseamos llegar al cielo, ser uno de los invitados al banquete de bodas Ap. 19,9. ¿Pero será necesario esperar hasta el día de nuestra muerte, para gozar y experimentar la gracia de estar frente a frente a Nuestro Señor en la gloria del cielo? Estas y más son las preguntas que vagan y viajan en nuestra mente en busca de respuestas, y por eso, deseo invitarlos a que juntos emprendamos este viaje de conocimiento y acercamiento con la gracia de Nuestro Señor, que hoy más que nunca se hace presente ante nosotros y nos permite gozar todos juntos de la gloria de la Jerusalén Celestial. 
Primero permíteme contarte un poco sobre mi vida, y como por la gracia de Nuestro Señor he ido conociendo y disfrutando de su presencia constante y como he descubierto el lugar y el momento donde podemos gozar continuamente de Él, hasta llegar a un punto de éxtasis y deleite total, que no se compara con ninguno de los platos culinarios más exquisitos que hayas probado. Al relatarte un poco sobre mi vida, y sobre lo que Dios ha ido haciendo poco a poco; no quiero que te formes una imagen o percepción errónea de mi persona: soy un ser humano que carga con sus miserias, sus pobrezas, presa de las tentaciones, en una lucha permanente, que solo encuentra su fortaleza a través de la oración y la comunicación íntima con Dios Mt, 6,6- 15. Pero, no te asustes ni escandalices, a veces caigo en descuidos, a veces se me olvida cargar con aceite mi lámpara Mt. 25,1- 13, a veces se me acaba el vino y no acudo a quien puede volver a llenar mi vasija Jn. 2,1 -7, pero que en medio de todas mis debilidades y flaquezas, cada vez crece más en mí, la certeza que Dios camina con nosotros, que Dios se hace presente en nuestras vidas, y también crece mi necesidad de Dios, mi deseo que por su gracia, Él me ayude a vaciarme de mí y me conceda poder llenarme de Él. 

Hasta el 2006 todo transcurría con la mayor tranquilidad. ¡Yo era el dueño de mi vida!, de mi tiempo; mi vida era mi trabajo, seguir estudiando y compartir con mis amigos. El domingo era para descansar, para haraganear, para pasear, para divertirme; para todo menos para ir a misa. ¿Para que ir a aburrirme, a escuchar a viejitos que a veces ni se le entiende lo que dicen?, y sin embargo podía estarme retorciendo en la cama de aburrimiento pasando de canal en canal, a veces viendo una película hasta 2 y 3 veces; pero claro, prefería disfrutar de ese aburrimiento vacío y no ir a aburrirme a la misa. Me pasaba escurriendo y zafando con excusa tras excusa de las invitaciones que me hacían para pertenecer a grupos de la iglesia: ¡Yo ir a ese grupo de jóvenes aburridos, donde cuentan chistes sin gracia y solo son cantar, hablar y servir!, yo no tengo tiempo para andar en esas cosas. Recuerdo aquella ocasión en que Alejandro (un buen amigo y compañero de trabajo), me pasaba insistiendo para que lo acompañara a las reuniones de jóvenes en la parroquia San Vicente de Paul, y al final de tanto insistir fui una vez y luego me corrí; como me decía siempre, yo no tengo tiempo para andar en esas cosas.
Igual fue cuando Christian (mi compañero y hermano de colegio), me invitaba para integrarme al grupo de jóvenes donde el asistía. ¿Qué cobarde fui en tantas ocasiones?, que creyéndome listo e inteligente, me lograba escabullir del Señor dando pretextos y pretextos, excusas y excusas, y tratándome de convencer a mí mismo de una forma racional, que ¡yo estaba bien!!!, que yo amaba a mi Señor, aunque me comunicara muy pero muy ocasional con El a través de la oración. Yo lo llevaba en mi corazón, lo respetaba y trataba de llevar una vida correcta, practicando valores morales y tantas otras cosas más; ¡y cuando podía, desde luego que iba a misa!!!, pero si no podía no había problema, porque mi Dios, nuestro Dios, siempre me acompañaba. (Si en alguno de estos puntos te identificas con mi vida, no te preocupes), Nuestro Señor es un Dios de amor y de misericordia que se ríe de nuestras ingenuidades y con paciencia como ese buen alfarero, nos va forjando y nos va transformando con tanta habilidad que uno no se da ni cuenta; solo tienes que aprender a decir Jesús en ti confío y todo lo demás se dará por añadidura. 
Ahora, después de tanto tiempo, me rio ¡porque para no ir a misa!, tuve que inventarme y experimentar casi todas las enfermedades: me duele el estómago, tengo dolor de cabeza, me duele el cuerpo, tengo ganas de vomitar, tengo diarrea y etcétera y etcétera; ¡las excusas nunca terminaban!, pero ¿Realmente a quien habré estado engañando? ¡Ah pero yo era un buen católico!, que defendía a mi iglesia frente a un hermano separado. ¿Pero realmente se podrá ¿defender aquello que no se conoce?; ¿Cómo hablarle a alguien del sabor delicioso que puede tener una comida, si jamás en la vida la hemos probado siquiera?. ¡Lo maravilloso de esto!!!, es que Dios hace las cosas nuevas todos los días y escribe recto en renglones torcidos.  
Te cuento que en ningún momento se me cruzaba por la cabeza cambiarme de ciudad, para venirme a vivir a Ocotepeque (el pueblo de mis antepasados; que está ubicado en el occidente de Honduras, y donde pasé parte de mi niñez), y mucho menos pensar que en este pueblo hermoso, tendría la oportunidad de reencontrarme con la gracia, el amor y la misericordia de ese Buen Dios: que recibe siempre con los brazos abiertos a esos hijos pródigos que se han escapado de la casa paterna. Lc. 15,11-32.
Recuerdo como el primer día: aquel momento en que Pedro (un albañil que daba los últimos detalles al local donde abriría mi negocio), después de haber recibido un fuerte llamado de atención de mi parte: me invitó a integrarme al Movimiento Familiar Cristiano. Que fino, que arquitecto más sabio es Nuestro Señor, ¡que sembrador más eficaz!, que sabe reconocer el terreno fértil, en medio de las espinas y de las piedras. Mc. 4,1-9. Sería mentiroso, si les dijera: que he tenido que hacer un gran esfuerzo de mi parte, para intentar seguir el camino de Nuestro Señor, y esto es porque todo el trabajo, la paciencia y la tolerancia para vencer mi apatía, indiferencia, egoísmo e inconstancia; la ha realizado El por mí. Él ha puesto infinidad de hermanos(as) de diferentes congregaciones, grupos apostólicos y comunidades, sacerdotes, novicios, hermanos religiosos(as), y todos sin excepción, han tocado la puerta, y todos han dejado su granito de arena.

Aun hoy, le pregunto ¿Señor, porque me has consentido tanto?, ¿Qué quieres de mí?, ¿Qué quieres que haga? ¡Él me ha permitido vivir diversas experiencias!!!, yo como decía San Francisco de Asís: ¨Poco o nada he hecho¨, y es porque Dios solo nos pide: que vayamos hacia Él Mt. 11,28, que le confiemos nuestras vidas, que le invitamos para que haga su trabajo de alfarero Jer. 18,6; lo demás corre por su cuenta y lo mejor de todo que es GRATIS.
Dios es tan maravilloso y nos conoce tan minuciosamente, que antes de siquiera pensar que necesitamos algo: ¡Él ya nos tiene preparado lo que necesitamos!, y sobretodo pone en nuestro camino, verdaderos amigos, hermanos, que aún sin saberlo, nos llenan de esperanza, de fe y de amor; y estos tres elementos son indispensables al inicio, durante y al final de nuestro caminar. 

Después de varios años, he logrado comprender que aquel día que: ¨Pedro¨, el albañil (mientras reparaba la casa), ¡Me invito a servir y trabajar como otro albañil para reparar la iglesia, siendo siervo del gran Rey!!!
¡Ese día!, fue sin darme cuenta, el primer llamado de Dios para ¡ser Franciscano!
No puedo ni describir la cantidad de puertas, invitaciones que he recibido, lo que si estoy plenamente consciente, es que no las merezco!!!, pero sin embargo, ¿Quién soy yo?, para preguntar o cuestionar. Dios sabe lo que quiere de cada uno de nosotros y solo necesita de nuestro SI, para llevar a cabo su proyecto en nuestras vidas. 
Que iba a pensar que Nuestro Señor, me iba a llenar de tantas gracias: como aquel día que al contestar un teléfono prestado, tendría la oportunidad de hablar por primera vez con el que hoy es por mucho mi amigo del alma, de la mente y del corazón, ese día a través de una llamada: El Señor puso en mi vida un amigo, un sacerdote, un consejero y un hermano, que me presento cara a cara a Nuestro Señor, que me transmitió su amor por Jesús Sacramentado, por María, por la Iglesia; el que tuvo la paciencia y serenidad de responder a cada uno de mis ¿Por qué?, de mis dudas y de mis interrogantes, el que soportó mis necedades y mis incongruencias; con el que pude experimentar el compartir y el sabor de la verdadera amistad, el que se preocupó por poner en mis manos libros y libros, que sin darme cuenta estaban nutriendo mi fe y fortaleciendo mi deseo de servir, al punto de volver a sentir la plenitud de mi niñez (cuando disfrutaba ir todos los días a misa con mi abuela Mama Gotia, cuando jugaba de sacerdote con mis amigos), y de pronto me volví a sentir en casa, libre, feliz y completo; porque solo al entregar nuestras vidas a Nuestro Señor, es que recuperamos nuestra libertad y conocemos la verdadera felicidad, y es que para esto hemos sido creados, para vivir en permanente alianza con Nuestro Creador y para hacer su voluntad; por eso María se sintió tan feliz al renunciar a su vida para recuperar LA VIDA. Lc. 1,38
 
A este punto de la historia y para evitar confusiones y malinterpretaciones: les digo que entregar nuestras vidas a Nuestro Señor, no significa que no nos vamos a equivocar, o que nos vamos a volver perfectos, como la sociedad considera la perfección; que es muy diferente, desde mi criterio personal, a la perfección que nos invita Nuestro Señor: que consiste en aprender de Él, en dejar que el único perfecto entre y anide en nuestro corazón y en nuestra alma. La verdadera perfección consiste en renunciar a nosotros mismos, para dejarnos seducir, guiar y dirigir por Dios Nuestro Señor. Mc. 8,34.
Mientras tú lo tengas en tu corazón, en tu interior, en tu alma, aunque no lo creas, ¡estarás siendo perfecto!, y cada vez que por diferentes motivos o razones lo saques o lo expulses de tu vida, acude inmediatamente al sacramento de la reconciliación: que es como una tarjeta de invitación, un mensaje por twitter, whatsapp, BlackBerry Messenger o Facebook que Él nunca rechaza, y viene de nuevo hacia ti con los brazos abiertos. ¡Así que no temas!, y ¡atrévete a entregar tu vida al Señor! 

Desde luego que entregar la vida a Nuestro Señor, significa estar conscientes que Él es el dueño de todo lo que existe, que El, está con nosotros en todo momento y ve cada cosa que hacemos; por lo que no nos queda más que confiarle nuestra vida, y abandonarnos en El, para recibir su amor y su misericordia. 
Esto me recuerda aquel día: en que en medio de mis confusiones, inconformidades por el trabajo, por no sentirme realizado plenamente, por llevar una vida sin sentido, sin dirección, tocando el suelo emocionalmente y espiritualmente, me despoje de todas mis corazas, y ahí a solas me dirigí a Nuestro Señor, para pedirle ayuda; auxilio para enderezar mi vida, para saber si aquella muchachita de 15 años, que comenzaba su vida, sin experiencia (que para nada estaba en mis planes, y que nunca había llegado a considerar como esposa y que incluso, rechazaba y molestaba), iba convertirse en la mujer que Dios había puesto en mi camino, para que fuera mi esposa, mi compañera, mi confidente, la mujer con la que tendría una familia, la mujer que un día me invito a sentir de cerca la presencia de la virgen María, la mujer que rezaba el rosario. 
Ahora me doy cuenta que ella Bianka, junto con mi primo y hermano Hafiz y mi sobrina Gotia, fueron unos Ángeles que Dios envió a mi vida, para rescatarme de una depresión, de un remolino de desconcierto, de un vacío existencial (donde no encontraba sentido a nada). En medio de ese desorden emocional, quizás sin conciencia de nuestros actos, en medio de una relación sentimental muy atípica con Bianka; guiados más por una necesidad interna de compartir, confiar y entregar la vida a otra persona; voluntariamente y luego de pedirle a Nuestro Señor, decidimos prestarnos para ser instrumentos de Dios, para concebir una nueva vida, y es así como esa muchachita, llegó a convertirse en la madre de mi hija, de mi Tete, de la niña que conquistó mi corazón y por la gracia de Dios transformó mi vida. Y hoy, después de muchos años de tropiezos, experiencias de alegría y de dolor, de forjarnos en el fuego, de acompañamientos cercanos: como el que nos brindó hermana Fabiana; esta hermana que Dios puso en nuestra vida y nos ayudó a madurar en nuestra relación conyugal, y que después continuo mi hermano y amigo del alma, mi querido Fray Leonel (nunca podré olvidar en medio de tantos momentos de compartir cuando él me dijo que tenía en una píxide, la hostia para el momento en que pudiera volver a saborear y deleitarme con el cuerpo y sangre de mi Señor ; que era algo que el sabia como mi confidente, guía y amigo que yo deseaba con todas la fuerzas de mi corazón, con una sed y una hambre que era casi incontenible e incontrolable).
Como olvidar ese momento en que junto con Bianka mi esposa: realizamos nuestra alianza de amor con Nuestro Señor y pudimos los dos juntos, después de tanto tiempo, volver alimentarnos con Su Cuerpo y con Su Sangre; para que contarles: más que una boda donde se escucharán risas y gritos, solo se escuchaba un llanto y en los presentes se apreciaban unos ojos, que no paraban de humedecerse, con las lágrimas que por tanto tiempo habían estado guardadas en el corazón para ese día. Ese momento fue indescriptible; ¡la alegría de volvernos acercar a la gracia santificante de Dios!, ¡la alegría de saber que estaba actuando de acuerdo a Su Voluntad!, ¡la alegría de mi hija, que miraba finalmente la posibilidad de crecer en un verdadero hogar!; ¡la alegría y el abrazo profundo que nos dimos con nuestro amigo sacerdote, como una forma de agradecer a Dios y decirle misión cumplida, hemos regresado a casa!; ¡las lágrimas de nuestros padrinos Jorge y Maby que también caminaron junto a nosotros!, ¡las lágrimas de mi familia, que aun cuando algunos no comparten nuestra fe, se dejaron seducir por ese momento donde el cielo se une con la tierra y nosotros seres humanos podemos experimentar la gloria de Dios en toda su majestuosidad!  
Los misterios de Dios se vuelven incomprensibles para la razón humana. Pero bueno retornando a al relato: después de despojarme de todas mis corazas, de mis cargas y sobrepesos, le pedí a Nuestro Señor que el retomará el rompecabezas en que había vuelto mi vida y Él lo comenzará nuevamente armar, para que tomará la forma que estaba de acuerdo con Su Voluntad y así pudiera discernir: si debía continuar haciendo mi vida lejos de la de mi familia y sobretodo, para saber si debía continuar en ese vacío espiritual que asfixiaba mi sed de Dios y para salirme del peor de los vicios que es el egoísmo, la soledad y la indiferencia. Y es así como poco a poco, sin darme cuenta tome decisiones que no estaban en mis planes, pero que eran la respuesta silenciosa que Nuestro Señor me estaba dando. ¡Ese fue quizás el día más feliz de mi vida, aunque tardé muchos años para saberlo y descubrirlo!; ¡porque ese día fui aquel publicano que pide compasión! Lc. 18, 9- 14, ¡porque ese día fui el centurión que confiaba en una palabra para que su esclavo sanará! Mt. 8,5- 13; ¡porque ese día sin importar ni pensar en consecuencias le abrí mi corazón, mi vida, mi alma a Nuestro Señor! salmo 50, y desde ese día mi vida empezó a tener sentido, desde ese día mi alfarero comenzó su trabajo: porque ese día me sentí en los brazos del Padre, porque ese día confié mi vida a Dios. 
Dios está con nosotros en cada momento, nos guía, nos acompaña, nos protege, nos muestra su amor; ¡solo necesitamos creer y tener fe!, por eso nos dice el evangelio que si nuestra fe fuera del tamaño de un granito de mostaza todo fuera posible, porque si hay algo cierto y real, es que para Nuestro Señor no hay nada imposible Lc. 1,37

Pidamos a Nuestro Señor, pidamos la intercesión de María, de Francisco de Asís y de todos los santos para que se aumente nuestra Fe, para que se ilumine y clarifique nuestro caminar hacia la casa del Padre: solo podemos ir caminando hacia los brazos de Jesús si tenemos Fe y Creemos, de otra forma nos perderemos en el camino o el caminar perderá su sentido. 
El catecismo de nuestra iglesia: nos enseña que La Fe es un Don de Dios que debemos pedirlo, es una gracia divina sin la cual nuestra relación con Dios se vuelve imposible. Pero además de la Fe, necesitamos tener la voluntad y disponibilidad de creer y eso depende de nosotros: con nuestro libre albedrio. De nosotros depende creer.
¡Dios puede tratar de hacer en nosotros el más grande de los milagros!, pero depende de nosotros si queremos creer o queremos seguir dudando. Gracias a Nuestro Señor, contamos para emprender el viaje: con la sabiduría de nuestra madre Iglesia, que continuamente en cada etapa de nuestras vidas a través de los sacramentos, nos invita a renovar nuestra Fe y a fortalecer nuestra voluntad de creer. Nunca tengas miedo de decir desde el fondo de tu corazón Yo Creo…..Yo Creo….Yo Creo, al hacerlo te darás cuenta que es una de las experiencias más gratificantes para el ser humano (no hay momento más sublime de la vida cuando nosotros voluntaria y conscientemente expresamos y le decimos a Dios, nuestro Padre, Creador de todo lo que existe, a su Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo, El Consolador, El Dador de la vida, Yo creo en Ti, creo en la Santísima Trinidad, creo en la Iglesia que es una santa católica y apostólica). No desperdicies la oportunidad y el regalo que se te ofrece en cada misa dominical de poder profesar tu Fe, diciendo: Yo Creo, desde el fondo de tu corazón, de tu pensamiento y de tu alma y con la total convicción de que es cierta y verdadera la Fe que te honras en profesar. Por eso medita en esto: Nadie sirve a quien no ama, nadie ama a quien no conoce, Nadie conoce a quien no habla, nadie habla a quien no ve, nadie ve a quien no cree que este ahí presente. 
Después de vivir ese momento donde sentí que quité las barreras y le di permiso de libre circulación a Dios, Nuestro Señor, sin darme cuenta me vine a vivir a Ocotepeque: este apacible, tranquilo, confortable y pintoresco pueblo del occidente de Honduras, donde los seres que han significado más en mi vida y quienes forjaron mi personalidad, tuvieron sus raíces. Este pueblo donde en compañía de mi abuelo, mi Papa Carlos, pude vivir los momentos más felices de mi infancia (muchos de esos recuerdos gratos y no gratos, hoy han desaparecido de mi memoria), quizás para protegerme, quizás para que en mi corazón no hubiera espacio para albergar sentimientos que desagradan a Dios, en realidad no sé; quizás porque Dios me ha consentido como me dijo el Padre Ernesto, mi confesor y mi amigo; quien en nombre de Dios perdono mis pecados en el sacramento de la reconciliación antes de mi matrimonio, como saber; lo que sí sé, es que la presencia de Dios siempre me ha acompañado desde que abrí los ojos en este mundo y desde antes: Nací en medio de una tormenta eléctrica, en medio de un apagón eléctrico donde Dios guio a los médicos para que todo se hiciera bajo Su Voluntad; junto con mi bautismo me confirme en la Iglesia de Antigua Ocotepeque, luego anduve de trotamundos por aquí y por allá, con mi mama, mi papa y mi hermano mayor Carlos. 
Mi niñez después de aquellos días en Tegucigalpa (donde iba todos los días a misa en la Iglesita de Los Dolores, con mi abuelita Mama Gotia y compartía el hogar con mis abuelos que se esforzaban por hacerme sentir feliz y seguro), perdió ese brillo, esa luz que ilumina la vida, y poco a poco se fue volviendo vacía, egoísta, sin sentido, como que algo hacía falta. Mi mama y mi nuevo papa (a quien hasta el día de hoy le digo Papa Tony), me brindaban atención, me concedían algunos caprichos, se preocupaban por mi estudio y me daban un cierto grado de seguridad en medio de sus propios problemas: mi mama se había casado por segunda vez, después de haber tenido una relación llena de tormentas, huracanes y tsunamis con mi papa de sangre (experiencia que afecto más a mi hermano Carlos pues era el mayor, pero que a ambos nos marcó nuestra niñez). Después de esa etapa donde todavía estábamos convalecientes; mi mama decide volver a casarse y todos juntos embarcarnos en un nuevo matrimonio, donde Dios y el congregarse como familia a la iglesia nuevamente brillaban por su ausencia. 

En medio de esas aventuras de mi infancia rodeados de estudio, momentos de compartir con la familia, con mis buenos amigos, experimentando esa figura paterna de Tony (que aun hoy me ayuda y guía mucho en la vida y en medio de mis vacíos y soledad, que siempre han sido mis acompañantes fieles), fueron transcurriendo los años. Hice mi primera comunión a los quince años, porque Nuestro Señor nuevamente envío en mi auxilio otro ángel: en esta ocasión, fue mi primo Miguel que había venido de Tegucigalpa y con el que siempre me encantaba compartir para comer bolas de cereal con leche o chilaquiles con semilla de ayote que le preparaba mi querida Tía Chepita, quien muchos años después, y justo después de hacer mi profesión como franciscano seglar, me dio uno de los regalos más grandes para mi vida; me dijo: que mi abuelo, que mi Papa Carlos, ¡sonó siempre ser franciscano seglar! (Mi Papa Carlos, el hombre que forjó y marcó las primeras etapas de mi vida y con el que aún sigo añorando poder haber sostenido pláticas y platicas interminables, hasta que uno de los dos cediera al cansancio, pero que partió a la casa del padre cuando yo tenía apenas 11 años), pero bueno eso solo enriquece nuestra historia que quedo en la visita de mi primo Miguel, quien en medio de una plática, me preguntó si ya había hecho mi primera comunión y ante mi respuesta que todavía no, se ofreció para acompañarme e instruirme para recibir por primera vez el cuerpo y la sangre del Señor.  
¡Que iba a saber yo!, que muchos años después mi primo Miguel iba a continuar su labor de catequesis y formación moral y espiritual en mi vida. Que años aquellos que en medio de mis abusos, excesos de confianza y metidas de pata, tuve la oportunidad de compartir, convivir y pasar gratos momentos y experiencias con el que nunca dejaré ni me cansaré de llamar mi Tutor, mi formador: que noches aquellas donde nos desvelábamos juntos viendo el programa de TV La ley y el Orden, mientras preparábamos nuestra cena (nuestra famosa receta muy difundida hoy en toda nuestra familia ¨Chuleta a la Mikele¨).
Después de muchos años, cuando las canas han aparecido en la cabellera de los dos, he podido meditar como mi primo Miguel fue esculpiendo desde su sencillez, desde su humildad y desde su valores morales y espirituales: una guía que en medio de las dificultades y extravíos de ruta, me han servido como brújula, como guía para reencontrar el camino y como pilares indispensables para construir y sostener cada peldaño, cada ladrillo, cada cimiento de mi vida; como olvidar que a tragos y rempujones iba con él a misa todos los Domingos, como olvidar aquel momento en que me presento con el Hno. Mario Montoya en el Opus Dei y le dijo: Mario, este es mucho mejor persona que yo, palabras que han marcado mi vida, y aún hoy me sirven de soporte para no caer en las garras del mal y para luchar con la Gracia de Dios ante la tentación oculta o manifiesta. 
¡Cómo no recibí la catequesis normal con otros niños o jóvenes de mi edad!, mi primera comunión, la hice solo en la Iglesia Parroquial San José. Y ahí, después de muchos años, volví a sentir aunque por breves instantes y sin percatarme de ello, aquella felicidad y plenitud de mi niñez; luego volví a mi vida ¨normal¨. 
Con el paso del tiempo, me fui a estudiar con un amigo al Instituto Salesiano San Miguel: donde volví a saborear con más frecuencia el asistir a misa y el recibir el cuerpo y la sangre del Señor, pero aún no, con la suficiente conciencia y conocimiento. Recuerdo como desde que llegue, Nuestro Señor se valió de un nuevo hermano: Christian, para invitarme acércame más a Sus cosas; al servicio, al integrarme en grupos juveniles que continuamente evadí y rechace. Yo me estaba volviendo un hueso duro de roer para Nuestro Señor; yo era una novia extremadamente difícil, que por más que intentaba seducirme de una y otra forma, lo volvía a rechazar. ¡Que tonto fui y sigo siendo!, por rechazar las maravillas que Dios quería y quiere seguir haciendo en mi vida (si nosotros, tuviéramos un poco de conciencia del inmenso amor que Dios tiene y siente por nosotros: no actuaríamos de esa forma tan inconsciente, desinteresada e indiferente con El), pero a pesar de mi forma de ser, de mi indiferencia, de mis continuas evasiones y rechazos, Dios seguía tocando a mis puertas: ¿Quién soy yo Señor, para que te acuerdes de mí?, ¿Quién soy yo Señor, para que te compliques tanto por mí, por nosotros?; si tan solo nos diéramos cuenta que te pertenecemos, que somos de tu propiedad, que somos la herencia del Padre al Hijo; que fuimos creados a imagen y semejanza tuya, que gracias a Ti, a tu amor y a tu sacrificio, pudimos renovar la alianza con Dios y pudimos recuperar la ruta que nos conduce hacia la salvación. 
¿Por qué pasamos tratando de aferrarnos sin Ti a esta vida, cuando la vocación, misión y sentido de nuestra alma, de nuestra creación es alabarte y adorarte a ti en la verdadera vida?, ¿Por qué Señor? Perdón Señor, Perdón.
También recuerdo como me negué inventando excusas y dejándome influenciar por mis amigotes para no asistir al retiro vocacional, que aún hoy me sigo preguntando: ¿Qué habría pasado si hubiera asistido?
Al finalizar mis estudios en el Instituto San Miguel, ingresé un breve tiempo a la Universidad Autónoma y luego a la Universidad Católica. Ahí, en medio del compartir con los amigos, el estudio y mis propios vacíos, Dios volvió a quedarse guardado en algún rincón de mi corazón, donde sabía que ahí estaba, donde lo respetaba y amaba con mi forma muy peculiar de amar, pero que nunca me esforzaba por cultivar y hacer que creciera esa relación: que hasta el momento solo había sido cosa de uno y aquí entiendo la frase de San Francisco al decir: ¨El amor no es amado¨. 
Al salir de la Universidad, llenos con las expectativas que los maestros habían despertado en nosotros y con nuestros propios sueños de logros, de riqueza, de fama y de reconocimiento, creímos con mis amigos inseparables Christian, Edgar y Lester que íbamos a conquistar el mundo: pero de que vale conquistar el mundo, si Dios sigue siendo el ´Gran Ausente de nuestras vidas¨. Mc. 8,36.
Esto me recuerda, la ocasión que platicando sobre nuestras vidas, después de hace muchos años con un buen amigo de la escuela y el colegio, le pregunté ¿Cómo está tu relación con Dios? y al escuchar su respuesta, que con Dios mantenía una buena relación de negocios, que cuando él lo necesitaba, lo buscaba y Él Señor lo atendía; mi corazón se llenó de una gran tristeza y en mi memoria se revivieron todos los recuerdos del pasado, y por un instante, me pareció que era yo quien estaba hablando y finalmente logré comprender este pasaje del evangelio de Marcos donde Jesús dice: ¡De que le sirve al hombre ganar el mundo entero…..si pierde su vida!. Los seres humanos, corremos el riesgo de perdernos al creer que el éxito, el poder, la riqueza y los logros, son obtenidos por méritos propios; que son el resultado únicamente de nuestro esfuerzo y de nuestro talento. ¡Que tontos e ignorantes somos!, ¿Cómo podemos olvidar?, que todo sin excepción de nada, se lo debemos a Dios; a Él le pertenecen nuestros talentos, nuestra inteligencia, nuestra sabiduría, porque ni una hoja se mueve sino es la Voluntad de Dios.  

Regresando al relato (después de tanto laberinto de ideas y recuerdos): después de experimentar varios tropiezos, desilusiones, caídas y con la gran noticia que iba ser papa; consigo mi segundo trabajo y aquí Nuestro Señor, se apiada de mí, poniendo en mi camino un nuevo hermano para que me acerque a las cosas de Dios, mi hermano querido Alejandro, el Tigre, con el que compartimos buenos y agradables momentos: con el fui varias veces a las reuniones de grupo, pero luego de un tiempo, me volví a escabullir. Todavía seguía siendo un hueso duro de roer para Nuestro Señor. 
En mi tercer trabajo, el hermano que marcó y tuvo gran influencia de Dios en mi vida fue el Ingeniero Danilo (un hombre sabio y paciente, con fuertes experiencias de vida y un buen servidor de Dios).
 Pero no fue hasta ese momento, en que el ser humano tiene el tan llamado encuentro personal con Dios o reencuentro (que a veces nos parece hasta mentira, o propio de un cuento o de una fábula, pero que es cierto y necesario para descubrir nuestra verdadera vocación y el sentido de nuestra vida), no fue hasta ese momento, en que finalmente las seducciones de mi enamorado, surtieron efecto y sin percatarme caí en los abrazos de mi amado.
 Después de varios años de pertenecer y servir a Dios en la Iglesia y después de haberme convertido en Franciscano Seglar, he logrado entender, que aquel momento en que me despoje de todo: de mi trabajo, de mis sueños, de mis planes, en una desnudez total de mi ser, pude por fin depositarme en las manos amorosas y llenas de misericordia de Dios. Ese fue el momento en que sin barreras y sin escudos, me deje seducir, por el mejor y más encantador novio que una persona puede llegar a tener, hasta ese momento me dejé enamorar, hasta ese momento le pude dar gracias a mi novio fiel por esa persistencia, por ser incansable, por nunca darse por vencido. ¡Este es el único paso que Dios necesita de nosotros!: que doblemos nuestras rodillas, que muramos a nosotros mismos, que reconozcamos que sin Él, nada tiene sentido; que le abramos de par en par las ventanas y puertas de nuestra alma y de nuestro corazón, porque de todo lo demás, Él se ira encargando en ese camino largo que se llama conversión, y que concluye hasta ese momento feliz de nuestro tránsito, de nuestra pascua, de nuestro paso de la muerte a la vida. 
¡Hoy le doy gracias a Dios!, por todos los momentos vividos, por mi matrimonio, que poco a poco por su gracia ha pasado del tsunami a un pequeño oleaje que nunca falta entre olas bajas y altas, que son necesarias para mantener y fortalecer el dialogo como pareja. ¡También le doy gracias!, por permitirme estar, compartir y guiar a mi hija Tete, a Miguelito y hoy a Clara Sofía: mi misión como fue la de otros enviados por Dios, es la de acompañar a mis hijos, para que poco a poco vayan cimentando sus valores morales y espirituales y para que vayan creciendo y fortaleciendo su confianza en Dios.  

Que importante es la guía, ejemplo y testimonio de los padres, para que nuestros hijos no caigan presa fácil de esta cultura de muerte, de engaño, de mentira, de falsas promesas e ilusiones, de ídolos, de herejías modernas, de libertad convertida en libertinaje y de irrespeto a la vida. Hoy en día vivimos una guerra espiritual que solo fomentando: los valores, el evangelio, la enseñanza de Dios y de la Iglesia y las tradiciones en la familia, la podemos vencer.
Como olvidar aquel momento cuando en una plática íntima con mi hija Tete y donde Dios estaba presente: pude explicarle que Nuestro Señor, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo de Dios, Dios mismo, El Verbo Encarnado, estaba presente en Su Cuerpo y en Su Sangre en la Eucaristía, en las especies del vino y del pan que al ser consagradas por el sacerdote ¨in Persona Christi, por el milagro de la transubstanciación se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor.
Transubstanciación que palabra para costarme pronunciarla, cuando mi primo Miguel me estaba dando la catequesis de primera comunión: cuando me explico que durante la consagración, Jesús vuelve a ofrecerse en sacrificio e n la cruz por nosotros, porque nos ama y porque quiere que estemos con Él.
En ese misterio de la Celebración Eucarística, tenemos la gracia de experimentar un cruce del tiempo, donde retrocedemos en el tiempo y los que asistimos a misa y la vemos y vivimos a la luz de la Fe, podemos ser testigos, del momento en que Nuestro Señor, entrega su vida por nosotros y donde Nuestro Señor se hace presente en nuestro tiempo, para darse como alimento de salvación para todos los invitados al banquete.
  
Que importante que los catequistas además de enseñar oraciones y la sagrada escritura, transmitan su experiencia de Fe, con plena, total convicción y certeza que transmitan lo que ellos verdaderamente creen y den testimonio de lo que han visto y oído. El mundo en el que vivimos no nos permite el lujo de continuar brindando una formación teórica, sino que por el contrario debe ser una formación vivencial, encarnada del evangelio y sustentada por el magisterio de la Iglesia, para poder transmitirle y brindarle al joven una experiencia rica y nutritiva que le permita incrementar y fortalecer su Fe. Solo así podremos tener jóvenes que perseveren dentro de la Iglesia y den testimonio del paso del evangelio a la vida y de la vida al evangelio en la sociedad donde viven.

Le doy gracias a Dios por tener a nuestro tercer hijo, Miguelito el único varón en la casa, que desde pequeño (aun en el vientre de su mama), nos enseñó a luchar por la vida con su testimonio de traer enrollado en su cuello el cordón que le servía de alimento pero que también podía quitarle la vida: como olvidar que Nuestro Señor a través del hermano Chepe, nos invitó al finalizar la misa (donde Fray Roel compartió el evangelio de la ¨Pesca Milagrosa¨, donde Nuestro Señor invita a sus apóstoles a tirar la red hacia el otro lado), a tirar la red a otro lado, para buscar un hospital diferente al que teníamos elegido: que importante es estar atento a los signos, a lo que Dios quiere e intenta decirnos, si solo pudiéramos callar el ruido para escuchar la voz de Dios, las cosas serían tan diferentes.
 
Nuestro segundo hijo, es un angelito que ya se nos adelantó para estar ante la presencia del Señor con apenas seis semanas de vida, pero que también fue un instrumento de Dios para invitarnos a transmitir el evangelio de la vida y a luchar en contra de la cultura del aborto: como olvidar la expresión del doctor después del legrado a Bianka cuando le preguntamos por el niño y nos dijo que solo era un pedazo de carne que no se distinguía entre todo.
Como hemos llegado los seres humanos al punto de no valorar la vida, cuando es un don precioso de Dios que nadie tiene el derecho de quitar. Todos tenemos derecho a la vida desde los no nacidos hasta los ancianos de la tercera edad, solo Dios es el dador de la vida y solo Él puede quitarla y solo Él puede darla: como El mismo lo ha prometido al decir que todo aquel que coma Su Carne y beba Su Sangre, no morirá sino que tendrá la vida eterna.
Es muy importante que tomemos en serio la frase de la sagrada escritura que nos dice que quien recibe sin prepararse el cuerpo y la sangre del Señor recibe su propia condenación: cuando nosotros nos alimentamos con el cuerpo y sangre de Nuestro Señor Jesucristo, nosotros nos estamos volviendo en sagrarios vivientes a ejemplo de María Santísima que fue el primer sagrario viviente que contuvo durante nueve meses a Nuestro Señor. Por eso la virgen María es nuestro auxilio, nuestra abogada, nuestra intercesora para pedir misericordia a su hijo por nosotros cuando caemos en la tentación y en pecado. No te digo ni te quiero engañar, que ser Católico, que intentar vivir según la forma del santo evangelio como nos invita la regla de la Orden Franciscana Seglar o como nos invita Nuestro Señor cuando nos dice que aprendamos de Él, es un camino fácil: en el recorrido volverás y volveremos a enfrentar infidelidades, problemas, metidas de pata, fallas, volveremos a caer en el pecado, vacíos, desiertos, soledad, tristezas, alegrías; experimentaremos rechazos, incomprensiones entre nuestra familia, nuestros hermanos en la Fe, nuestros intereses irán cambiando; tendremos conflictos personales entre lo que queremos y lo que Dios quiere, algunos amigos jamás lo volverán a ser, tendremos que decir que NO a muchas cosas que nos seducen, que creemos necesitar, que mejoran nuestra posición social o nos dan la oportunidad de brindar mayores comodidades a nuestra familia; pero en todo ese ambiente de aparente renuncia o perdida, poco a poco iremos encontrando y descubriendo el amor, la paz y la fortaleza de Dios en nuestras vidas y esas renuncias que nos han costado se irán convirtiendo en ganancias, y con esto tampoco te quiero decir que el caminar del católico solo está rodeado de renuncias, de tristezas, de aburrimiento, de cero diversión. Nosotros los católicos, estamos llamados e invitados a ser la luz, el fermento, la levadura y la sal del mundo y por eso estamos llamados a estar presentes, dar y ser testimonio en las realidades temporales, por eso el católico puede y debe divertirse sanamente, escuchar música, salir a jugar o ver futbol con tu amigos, organizar o participar de una fiesta, bailar, contar chistes, reírte, tienes que vivir en el mundo marcando la diferencia. 
En conclusión, lo que si te puedo garantizar, es que después de ese momento, después de ese encuentro personal con tu Creador, con tu Redentor, con tu Consolador: las cosas no volverán a ser iguales. Después de ese encuentro, el camino a casa es más fácil, los momentos difíciles se hacen más llevaderos, el lodo es más fácil de lavar y de limpiar, los momentos de soledad se vuelven más breves, tu vida experimenta un giro de 180 grados; ya no vuelves ni quieres volver a ser el mismo.
Eso sí, cada vez que metas la pata busca y acude a la misericordia de Dios, busca el sacramento de la reconciliación, asiste a misa, no permitas que el ruido del mundo te impida asistir al banquete de bodas y poder alimentarte del cuerpo y la sangre del Señor; no te canses de pedirle a Dios que aumente tu fe, preséntate ante Dios tal y cual eres, sin miedo, sin ocultar nada, sin maquillaje, sin mascaras ni antifaces y mira cada suceso, experiencia o momento de tu vida a la luz de la Fe; si lo haces, te darás cuenta del trabajo silencioso que el alfarero, el arquitecto, el medico de las almas y de los cuerpos está realizando en ti y en los tuyos. Al mencionar esto viene a mi memoria aquel momento en Costa Rica, donde en compañía de mi querido amigo y sacerdote Leonel, estaba llorando ante el Santísimo Sacramento por la posibilidad de perder a mi familia: como olvidar aquella frase de Bianka por teléfono, cuando me dijo que si en verdad estaba experimentando una relación con Dios, ¿Por qué no me había preocupado que mi familia la experimentará conmigo?.
Como olvidar aquella invitación de mi amigo para compartir sobre el pasaje del evangelio aquel domingo; como olvidar el evangelio que Dios me había preparado donde tenía que hablar sobre el verdadero sentido del matrimonio Lc. 20,27-36 (para que por fin, me diera cuenta que el matrimonio es una alianza donde uno se compromete ante Dios para ser un puente entre Dios y su conyugue; para que a través de uno, el otro pueda acercarse a Dios y pueda alcanzar la salvación).
Como olvidar aquel momento de nuestro matrimonio, donde los dos juntos después de muchos años, pudimos recibir el cuerpo y la sangre del Señor, donde los dos fuimos apoyo el uno para el otro para poder llegar y vivir ese momento; como olvidar ver el rostro de Bianka cuando Leonel le acercó el cuerpo y la sangre del Señor.

Nuestro cuarto hijo, fue otro regalo de Dios, una pequeña luz que viene a iluminar todo lo que Dios ha ido moldeando y edificando en nuestras vidas: Clara Sofía es una renovación de nuestro matrimonio y de nuestra alianza con Dios.
Hoy en medio de mis miserias, metidas de pata, de mis pobrezas y de mis inconstancias, solo le pido al Señor, ser un inútil siervo dispuesto a reparar la Iglesia a ejemplo de Francisco de Asís; atendiendo la invitación de Pedro, El albañil y poder ser un instrumento Suyo para tocar la puerta de otros, para que así como pasó conmigo y como lo relata la sagrada escritura, después de tanto tocar la puerta, el dueño se levante y decida por el motivo que sea abrirla; lo que pase después será motivo para una nueva historia.
Lc. 11, 5-8. 
 
 
Que Nuestro Señor nos conceda su paz.